24 diciembre, 2016

VOCES INOCENTES


Después de largas horas de espera, subyugando el cuerpo, escuchando los gritos de la gente; configurándose al momento en el cual se vive, las ruinas literales de una verdadera tragedia y las voces innumerables sollozas del deseo de los que no duermen, buscan, explicación alguna a tan alto precio de existencia.

Aurora: Poder sentir la vida de manera justa, trata de cuando eres capaz de poner todas las situaciones en un lugar apropiado, comúnmente la mayoría de la gente suele esperar lo que venga de manera predestinada, algo que quizás no exista. Pero cada individuo por uno o varios frentes de duda, anhela algo diferente a lo que llega. Cuando alguien cierra los ojos y tiene la gran capacidad de llevar su vida a la imaginación, se pierde el sueño, el cerebro reacciona en no menos que treinta veces más rápido de lo normal, se ejecuta el mecanismo de la conciencia el cual llevará a un cambio de decadencia, se pierde la parcialidad de lo que es la alegría o la tristeza, con ello, se va escribiendo lo que será la memoria, eso que va a quedar instaurado en el cerebro y hará existente un camino, vida o muerte.


Horas: la tranquilidad se desvanece, los ojos ya no apuntan en la dirección fija de hace unos instantes, seguido de eso, se paseará en ese pequeño espacio bajo el intenso y repugnante radicalismo de aquellos que no aguantan la presencia y disimilitud de las ideas. Ya cansado de ver el mismo flujo, el cerebro se concentra en esperar el final del día, con poca seguridad de supervivencia, los difícil es preguntarse si vale la pena esperar un nuevo día, resistir teniendo en cuenta que, si miramos más allá de donde estamos, el mundo es totalmente una torpeza que compromete lo subjetivo con la riqueza y sin algún tipo de esperanza.

Atardecer: Ruido, las descargas de las armas hacen ya de ellas un algún prototipo del cantar de los pájaros. Las personas que recalcan la poca importancia de lo que se obtiene, gustan de ver lo que se es, incluso de todas las formas posibles lo que ha de ser cada quien, es superado por lo que se hace por el otro. Por un lado del rio somos miserables reproducciones de una cuantía de células heteras que llevan a que seamos complejos cuerpos de un sentimentalismo no narrativo. ¿Somos lo que somos? ¿Morir es una prueba irrefutable de la existencia? ¿Somos la alegría, la tristeza, la angustia, el odio?


Horas: Que los brazos sean el escudo de la cabeza y la osadía escudo del alma de aquel que aún teme. Así que pensamos que somos lo que no hemos encontrado en alguien, cuando podría eso, explicar en detalle lo que en sí mismo  se es, un yo. Todos los días se desarrolla cualquier tipo de opinión frente a lo que sucede en diferentes lugares, a simples impulsos se deduce que se está bien, que no se sabe cuándo venga algo así de nuevo. Pero en realidad muy en el fondo, se prefiere el mal camino, ese que se odia tanto, aquél cuya presencia desagrada, pero que es verdadero, que no traiciona, que no juega a desaparecer, que aunque viene legitimado por el sufrimiento tiene un sabor a verdadera realidad y la comparación de los momentos en el que no se aprecia el verdadero valor de una sonrisa.

La noche: El último aspecto antes de girar y seguir esperando de nuevo el siguiente día. Allí en el lugar de los estallidos y aquí en donde las miradas del mundo se vuelven indiferentes, se debe incluir un verdadero cambio. Lugares donde siempre morir, sea un acto en paz, morir sin dolor, sin tristeza, sin algún tipo de angustia, se espera morir sin que la mente deje de soñar. La hora llega lentamente. Los rostros caídos de este día solo dan pie para lo que viene, ya nada es sorpresa. Se apagan las voces, de nuevo se vuelve en sí mismo, todo es confuso e intentar adivinar que ha sido de la realidad hecha alegría es un tanto difícil de comprender, y yo quién observo desde lejos, aquella tiranía, logró entender que el valor de una sonrisa está en la pequeña e insaciable espera de cambiarlo todo, del brillo de los ojos y la verdadera reflexión.